Sin regreso

Yáñez escribe para todos aquellos que se hayan extraviado alguna vez y en sus palabras vuelven otra vez los símbolos de toda su escritura: la pérdida, la memoria y el camino, como el río de Heráclito. Todo tan radicalmente verdadero que no admite sospecha de derrota; y las formas que adoptan son las de un decir siempre en una tensión suave. A pesar de las escaras, la palabra es amable, no es austera, la metáfora convive con la nominación, se sustantiva, cuando apela al dolor nos lo atempera. La memoria está plena y, paradójicamente, a veces en medio de la desolación de un mundo moralmente acabado nos introduce en la clausura de unos espacios simbólicamente señalados por el exceso de la desolación.

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